Permanently Under Construction

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En toda buena historia que se precie tiene que haber una tía buena, lista, ágil, que no se maquilla y siempre está estupenda, incluso recién levantada. Digamos, potente, con pechos grandes, delgada, rubia, labios carnosos. Por supuesto, empoderada, bailarina o animadora; vamos, ¡una mujer tipo Norma Duval (Britney Spears para alguien más contemporáneo, la versión inglesa de nuestra amada Norma)! ¡Qué mujer! ¡Dios! ¡Cómo castiga!.

Bueno, pues ahora que tenéis una idea hecha, más o menos, de la mujer que podría presentaros a continuación, os hablaré de Raquel, alguien diametralmente opuesta a Norma Duval. Raquel era una mujer de ojos marrones; no recuerdo muy bien si de grandes pechos, pero tenía la voz dulce y una boca de fácil sonrisa. No era muy alta teniendo en cuenta a una sueca, pero respetablemente alta si cogemos como referencia un pigmeo. Era dinámica y fresca, quiero decir, se movía fácil y sutilmente; me refiero a la posición de sus manos cuando cogía un lápiz o cuando se acariciaba el pelo; era casi imperceptible su delicadeza, pero cualquiera que se precie sensible podía verla desde cualquier ángulo de la clase, un poco contradictorio, pero cierto. Le gustaba nadar y pasar ratos con sus amigos.

Era inteligente y puntual, una alumna ejemplar de las que no hablaba sin alzar la mano y que siempre era la primera en llegar a clase y, por tanto, otorgada con el máximo poder: escribir la fecha en la pizarra, en la escuadra derecha, bien arriba, aunque para ello tuviese que ayudarse con una silla, alzándose de puntillas; siempre lo hacía con un trazo estético y limpio.

Hablaba mucho con Daniel, que por aquel entonces prefería las niñas a los niños en el sentido único de la amistad. Habían crecido juntos, en la misma clase, y siempre habían mostrado una gran complicidad, una complicidad de esas que todo el mundo ve, excepto uno mismo. Si bien Daniel siempre sostenía en público que “no más que con otros compañeros”, dado su gran séptimo sentido para percibir lo que pasaba a su alrededor (¡ironía, eh!), vamos, que no se empanaba de nada. 

En clase jamás se sentaron juntos (bueno, uno o dos días, como veremos más adelante) por dos motivos principales; el primero era que el rendimiento académico de Daniel era, bueno, digamos que era más de estar en el patio; por contra, Raquel era la primera en todas las materias. El segundo es que, de manera no verbalizada, puede que inconsciente, a los dos se les hacía difícil escoger a su compañero de pupitre…

Y mientras crecían juntos, cada vez más las risas abiertas y profundas de Raquel fueron convirtiéndose en sonrisas tímidas cuando estaban juntos, especialmente a solas, y sus abrazos y collejas empezaron a disminuir, para casi desaparecer. Es sencillo el amor cuando eres niño; es puro, tanto como estúpido para los adultos. ¡Un juego dicen! ¡Un juego de niños! Pero eso ya lo retomaremos…

Raquel creció en el seno de una familia conservadora, profundamente católica, que alejaba la reflexión a cambio de los designios del Señor, que abrazaba la bondad de un libro que apenas habían leído y que eran incapaces de entender, así que, como tantos otros, iban a misa donde un hombre vestido de negro les decía qué entender y cuál era la correcta interpretación de lo que entendian, nada extraño en la España de los 80, nada extraño en casi cualquier lugar o momento.

Así que imaginad… Daniel nunca pudo ir al cumpleaños de su amiga, porque los padres de Raquel creían en su buena fe que la estaban protegiendo del demonio, y Raquel, mientras crecía…

Podría detallar cientos de momentos entre ellos, aislándolos del resto como una partícula de átomo, para poder explicar de una manera más precisa su relación y cómo se forjó algo inexplicable entre los dos, pero ahora no es el momento; aún tengo que hablar… de…

Bueno, vayamos paso por paso… Empezaremos por el principio; no es que sea muy ordenado explicando las cosas, quizá antes, cuando era más joven, puede, pero la vida y su transcurrir te enseñan, tarde o temprano, que el orden no importa en cuanto es imposible determinarlo. Además, una historia ordenada no es buena, sino correcta, y correcta suena a justa, a poco menos que satisfactoria. Por contra, una historia apasionada, caótica, en la que no controlas los tiempos, ni aciertas en tus predicciones, es… Es vida, es esencia, aquello a lo que cualquier ser humano aspira o sueña.

¿Vamos?… Vamos… Capítulo primero… un capítulo que llamaremos de manera original y sobre todo descriptiva, como predican los manuales del buen escritor… lo llamaré Marco.

Continuara…

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