Permanently Under Construction

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Las bombas caen, las bombas no cesan, las bombas revientan…

El olor a mugre era insoportable; las arcadas me sobrevenían sin control, la contención que podía ofrecer mi garganta estaba a punto de ser superada. Mi vientre se contraía con violentos espasmos; la piel de los brazos se me erizaba mientras eléctricos escalofríos recorrían todo mi cuerpo. Sentía frío y calor al mismo tiempo; las manos me sudaban.

Sumido en la profundidad de aquel túnel, en la oscuridad que engullía toda sombra y referencia, podía percibir los temblores y pequeños desprendimientos que el caer constante de bombas producía sobre la superficie, apenas unos metros por encima de mí, mientras, a tientas y a palpos, trataba de seguir avanzando, huyendo, alejándome de una muerte que, sin embargo, ya residía en mí.

Mis jadeos se entremezclaban con otros más lejanos. Confundidos y desagradables, los ruidos producidos por voces desesperadas, respiraciones angustiosas e insuficientes y alientos de estómagos vacíos reverberaban en mis tímpanos, calaban en mis fosas, rebotando indiscriminadamente contra las húmedas paredes de esa cavidad circular sin aparente fin que engullía, sin contemplaciones, a todo aquel que trataba de huir en ella.

Mi escape, mi salida, mi esperanza… reducidas a una acongojante y claustrofóbica prisión. Sin embargo, cegado, aturdido y aterrado, sin pausa y ahogado, te encontré. Te encontré como una brizna, en una pequeña fisura; difuminada, sutil, intangible… te encontré. Te encontré donde ya estabas, mi recuerdo; te encontré de donde nunca te fuiste, mi anhelo. Te encontré porque siempre me estampo en ti cuando me asfixio.

El sol trata de escurrirse entre los claros que dejan los negros nubarrones. Silencio y pausa. Tú sobre el banco de listones de madera, con tu vestido violeta, sentada, con las piernas entrecruzadas. Tu negro pelo, elegantemente descuidado, se anuda y enreda entre dos lápices cruzados que hacen de improvisada pinza, dejando tu perfecto cuello blanco al descubierto. Tus manos, reposando sobre el regazo, sostienen un libro delgado.

Levantas la mirada, coincidimos, sonríes tensando tus tiernos labios rojos… Me asusto, me confundo, ¡qué contradicción, Dios mío!… Tanta delicadeza sin atisbos de fragilidad, tanta dulzura y tanta fortaleza…

Tu figura perfilada, esculpida, frente al alto muro gris cemento que nos rodea. Allí, ajena al dolor, inquebrantable, irreductible, estás tú. Mientras todos corremos asustados, tú sigues allí, sentada, leyendo… sonriéndo(me).

Adentrándome en el estrecho, cada vez más tenebroso y tenso túnel, escondiéndome sin sentido, impulsado por instintos confundidos de cobardía y supervivencia.

Escondiéndome como una rata, sibilinamente, pensando únicamente sobrevivir, olvidando cualquier dignidad, despojándome de cualquier humanidad.

Fuera… en la superficie… te veo… imagino… la sutileza de tu olor, de tu aroma; la frescura tierna de tu blanca piel, el sutil movimiento de tus dedos deslizando las hojas de papel, tus susurros de esperanza y sosiego aplicados a mi oreja…

Te imagino como te dejé: sonriendo, inquebrantable, cuando todo queda perturbado por el humo; mientras los adoquines saltan por los aires y los escaparates revientan, mientras las aceras se cubren de tinte rojizo y las calles de llanto ahogado… tú sigues, con tu vestido violeta, sobre fondo gris, con tus labios de esperanza carmín, iluminada cual destello… luz que quiebra el fragor del infierno… tú, iluminando mis vacuos húmedos ojos negros…

Las bombas caen, las bombas no cesan, las bombas revientan…

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