Permanently Under Construction

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El vértigo que siempre sentía asomado desde aquel balcón se había esfumado sin más, como aquel verano, como todos los veranos. Viendo el lejano horizonte de Barcelona, me preguntaba si la vida sería tan redonda como el mundo y alguna vez volvería a encontrarme con alguna de mis historias, así, sin más, sencillamente caminando. Una leve sonrisa se esbozaba en mi cara mientras aún tenía frescas sus lágrimas en mi mejilla, observando la impasible ciudad que seguía su estridente monotonía, segura de que nada era capaz de alterarla.

Su recuerdo me golpeaba sin piedad, sin cesar, tras ser consciente de que se había marchado para siempre, desde hacía mucho tiempo. Raquel ya no estaba y, aunque me doliese hasta la eternidad, debía asumir su pérdida, dejándome de ocultar en los recuerdos y percepciones alteradas de una realidad falseada por mi mente.

Tenía que dejar que partiese por ella, por mí, por todos.
(…)
—¿Me lo prometes? ¿Me lo prometes? —sus ojos, profundamente marrones, buscaban la complicidad de los míos mientras mi mano recorría su brazo aterciopelado, suave como ella.
—No sé… prometer es muy complicado… ¿Sabes cuántas cosas, cuántos factores pueden impedir cumplir una promesa? Si pudiera prometer algo, no lo haría, sencillamente porque entonces sucedería sin necesidad de más.
—Va, mírame —Raquel agarró mis mofletes con las dos manos, acercándome a su cara—. Venga, hombre. ¡Prométemelo! ¡Promételo!
¿Cómo podía decir que no? Tenía solo 19 años y ella era la mujer más hermosa del mundo. Me parecía tan sencillo ceder, me parecía tan sencillo amarla para siempre, sin prudencia, sin interrupciones, sin distracción.
—Bueno… lo prometo…
—Pero dilo, dilo. —Su pelo rozaba mi cara, apenas separada unos centímetros de la suya; mis mejillas empezaban a enrojecer por la fuerte presión que ejercían las palmas de sus manos sobre ellas.
—Prometo cerrar los ojos cada 27 de agosto, de cada año de mi vida…
—Sigue, sigue… —Y, acompañado de su voz, proseguí, proseguimos.
—Pase lo que pase, sea como sea, esté donde esté, sin excusa y sin demora, con o sin ti, juntos o separados, prometo cerrar los ojos y pensar en ti, buscar tu mirada…
Cerré los ojos justo cuando su voz empezó a susurrarme…
—Silencio, respira profundamente, respira poco a poco… Ves, así olemos tú y yo, así huele nuestra historia… Captura el momento.
Entonces me besó…

(…)

Recuerdos… recuerdos… ¡Puf!… Me vino a la cabeza un texto al que llegué no sé muy bien cómo, navegando por internet, un texto que especulaba acerca de que los recuerdos no existen exactamente como los entendemos, no son nuestras vivencias tal cual sucedieron, sino un compendio de sucesos alterados y mezclados en un entramado complejo conformado por nuestro cerebro de manera estimulante, pero completamente incompleto.

Mientras mi mundo se derrumbaba y ya casi nada se mantenía en pie… La terrorífica idea de construirme, destruirme, sobre la irrealidad de unos recuerdos, transformados en poco más que sueños, la idea de que sencillamente no los podía volver a sentir tal y como fueron, tal y como impregnaron mi álbum neuronal, simplemente me sobrecogió, me decepcionó profundamente, todavía más.

Entonces, ¿qué queda? ¿Qué fuimos? ¿Quiénes somos? ¿Qué nos remueve? ¿Qué me bloquea? … Puede que algún iluminado, armado de ignorancia/inconsciencia y pretensiones de ayudar, me resituaría enfatizando la importancia de vivir el presente… No, no, mejor… me interpelaría a centrarme en la esperanza de construirme hacia (desde) el futuro, siempre enfocado en el horizonte a alcanzar…

¡Venga! ¡Y una mierda! El futuro no es, sencillamente porque aún no ha sucedido y cuando suceda será falso porque no tenemos la capacidad de recordar nada con fidelidad, y en cuanto al presente… ¿Qué es el presente sino una expectativa?, una especulación de lo que ocurrirá y/o un anhelo/herida de lo que sucedió.

Empuñé mi quinta cerveza, derramándome un tercio encima de la camiseta de algodón que rezaba: “Keep calm and just it”… El verano se terminaba una vez más y me preguntaba cuánto de grande era la circunferencia de la tierra, cuánto tardaría en recorrerla y volver a encontrar algún oasis, algún ángel, algo/alguien que valiera la pena. Supongo que después de unas decenas de veranos, cuando se abre la posibilidad de que te queden menos de los vividos, todo es más duro, todo menos nuestro abdomen o culo, y la vida se compone de trabajo, trabajo, facturas, atascos, metros llenos, autobuses que tardan, deseos de otros luchados como propios… Camisetas con sugerentes mensajes en inglés que traducir con internet… acumulación de relaciones con personas solas, rellenas de vacío, sin sal, sin azúcar, sin gluten, sin lactosa, sin alma. En definitiva, un sinfín de vida sin sentido.

Son las ocho de la tarde y aquí estoy intentando olvidar todo lo que he vivido, paradójicamente falso, para mañana levantarme a cumplir con una vida que no quiero, mientras intento calzarla en la vida que querría, una mezcla entre anuncios y películas de Disney, y no me refiero a la que moría una liebre (¿liebre? bueno, Bambi), sino a una de esas en las que todos eran esbeltos y cantaban sin parar con voces dulces, ritmos pegadizo, viviendo de bailes de fin de curso, de universidades espatarrantes (maravilloso termino, ¿no?) y trabajos en los que no hace falta llevar desodorante porque todos vienen flotando desde las nubes.

¡¡Madre mía!! ¿Dónde han estado mis padres mientras veía tanta tele? …Espero que haciendo el amor…

—Estoy mareado, muy mareado, tan mareado que… —dijo confundido Daniel, como si alguien pudiese escucharle, intentando advertir(se) de que estaba a punto de… ¡Pam! (¡Pum!, ¡Bimba!, ¡Patapam!, ¡patapum!, ¡chas!… escoge el que te siente mejor)… todo se fundió a negro.

Daniel cayó completamente embriagado. Su cabeza impactó a plomo contra el duro terrazo, perdió el conocimiento instantáneamente… La cerveza se derramó por el suelo, mojando sus pantalones, escurriéndose por las baldosas, formando un pequeño riachuelo entre las juntas y, finalmente, goteando por el borde de la terraza, cayendo al vacío.

Sí, la vida es imprevisible, una caja de sorpresas, capaz de cambiar en un instante tras una decisión o la ausencia de esta. Pero, no seamos ingenuos, los instantes son el compendio y suma de cientos de momentos precedentes y de nuestra experiencia respecto a ellos, de cómo nos formamos y nos forman, de nuestras herramientas innatas, las que nos entregan y, sobre todo, las que nos arrebatan para enfrentarlos.

Sin embargo, no nos pongamos dramáticos, ¿qué probabilidad había de prevenir ese hecho, Daniel borracho golpeándose contra el suelo de baldosas de granito? No vamos a preocuparnos ahora, ¿no? Y por tanto, ¿qué podíamos hacer? Al fin y al cabo, como decía, el golpe solo era el resultado de la suma de demasiados factores precedentes, demasiados para pre-ocuparse.

A lo largo de mi vida he encontrado, pricipalmente, dos tipos de personas, las inconscientes y las preocupadas. No tengo datos empiricos, pero a simple vista podria asegurar que unos no suelen vivir más que los otros, más si tenemos en cuenta que la vida no puede medirse unicamente en tiempo, sino más bien en intensidad.

Si más adelante me acuerdo (apetece) recuperaré esto que es un filon filosofico y semantico, pero basicamente la intensidad seria tiempo relativo+espacio*por el número y la proporción de emociones que podemos generar y sentir / por la veces que miramos el reloj… O algo más preciso:

Intensidad=(Impactoemocional/Niveldeconscienciacronoloˊgica)Intensidad = (Impacto emocional/Nivel de conscienciacronológica)

Donde:

  • III: Intensidad de la experiencia
  • TrT_rTr​: tiempo relativo percibido
  • SSS: peso del espacio/contexto
  • Etotal=eiE_{\text{total}} = \sum e_iEtotal​=∑ei​: suma de intensidades emocionales
  • D=nNposD = \dfrac{n}{N_{\text{pos}}}D=Npos​n​: proporción/diversidad de emociones
  • RRR: veces que miras el reloj
  • α\alphaα: cuánto penaliza cada mirada al reloj

Volvamos, que me pierdo; el 0,0001% son del primer tipo (inconscientes), ¡un bien tan escaso!… Daniel, era ese 0,000001% (o menos), y la verdad nunca había dedicado mucho tiempo a intentar predecir futuros sucesos, a ser precavido, a pretender conoccer qué pasará; y esto era así por dos motivos principales. El primero tiene que ver con la naturaleza, las vidas pasadas o las experiencias muy tempranas (puedes escoger el factor que quieras), y el segundo, por su sistema de creencias/valores o dogmas que él, si no estuviese inconsciente y borracho, resumiría en:

  1. Harás menos el amor de lo que desees y, por supuesto, menos de lo que necesites con la persona que desees.
  2. Tendrás barriga tarde o temprano; la alternativa siempre es peor.
  3. Puedes recordar unos cien momentos de tu vida, si bien no puedes decidir conscientemente qué contendrán esos recuerdos. ¡Escógelos con prudencia!, pero no los sobrevalores, aunque no podrás evitar hacerlo. 
  4. Te enfadarás más que reirás y cuando eso pase deberás ser capaz de reírte.
  5. Tendrás más enemigos que amigos, más rivales que apoyo; no importa, no existen si tú no quieres.
  6. Todo lo que te digan y veas es falso; la verdad ni se explica, ni se muestra, sencillamente se siente.
  7. No hagas caso de lo que leas y mucho menos de lo que te enseñen; vive.
  8. Aprender duele; escoge bien qué quieres saber.
  9. El saber ocupa lugar y tiempo; no aprendas más de la cuenta.
  10. Las cosas aparentemente inútiles, o difícilmente cuantificables, son realmente interesantes y, posiblemente, las únicas por las que vale la pena perder el tiempo (si es que el tiempo se puede perder).

Teniendo estas premisas bien interiorizadas, vamos a ver quién es Daniel. Aquí, justo en este punto, empezaremos un tránsito que nos permitirá construir un relato vital, a partir de una especie de viaje temporal (pasado -> presente), no excesivamente ordenado linealmente o secuencialmente. Por supuesto, la narración que trato de construir es completa y totalmente subjetiva. Daniel es un sujeto y yo otro; por desgracia, no soy Dios, así que todo lo que cuente es posible que sea mentira o al menos no completamente cierto, convendremos, visto lo visto, como cualquier otro relato.

Daniel estaba allí tirado, en su terraza, con la ropa empapada en cerveza, olvidado, descuidado, solo. Tenía un fuerte golpe en la cabeza que no paraba de sangrar; seguramente si nadie lo encontraba antes de un par de horas moriría, pero Daniel estaba muerto hacía mucho tiempo y se aferraba a la vida como… Como una ventosa a un cristal, sin sentido pero sin remedio, escurriéndose poco a poco.

Como le conozco muy bien, más bien que él mismo, que su madre y que su terapeuta, os narraré esta historia, sin mucho sentido, transportándoos en la medida que pueda a su vorágine de sentimientos y al de todos los que le rodearon en algún momento.

Esto puede plantear ciertas dudas, por ejemplo: ¿Cómo lo voy a hacer? ¿Cómo puedo saber esto o lo otro? ¿Estaba yo allí? ¿Me lo han contado? ¿Y en cuanto al resto de personajes? Pues todo tiene una sencilla explicación; básicamente, narraré lo que me salga, lo que me apetezca, lo que considere, lo que sé y por qué no lo que ahora con cierta perspectiva puedo deducir; para el caso será más o menos lo mismo que la verdad; al fin y al cabo, la realidad está tan llena de condicionantes, puntos de observación, sujetos sujetando sus certezas y encajando lo que observan a ellas… que qué importa si algo es cierto o no, siempre que pueda serlo. ¿Empezamos? Empezamos.

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