Marco era un niño muy majo que se pasaba el día buscando a su madre, que lo abandonó para ir a Ceuta en busca de una vida mejor. Su amigo íntimo era un mono que comía cacahuetes y costillas de cerdo; bueno, esto segundo quizá no sea del todo fiel.
Marco no era amigo de Raquel, aunque a veces la hacía reír y otras llorar. Marco era el personaje de una serie japonesa de dibujos que parecía hecha en casa y en la que todos los personajes tenían unos ojos tan grandes que les impedían parpadear, a ellos, a los dibujos y a los cientos de niños que los miraban cada tarde frente al televisor bicanal de tubo, sin mando a distancia, sin zapping, sin TDT, sin Netflix.
Lo más sorprendente de aquellos televisores es que la calidad de la imagen dependía especialmente de la competencia en el arte del manejo posicional de las antenas, tipo agujas de punto en forma de V. Encontrar la posición precisa para mejorar la sintonía y con ello la nitidez te permitía evitar el hormigueo e inestabilidad de la imagen, así como permanecer sentado mientras veías tu programa favorito. Sé de gente que pinchaba patatas o recubría de papel de plata las citadas antenas e incluso gente que golpeaba el televisor, o lo zarandeaba, con la intención de obtener una imagen mínimamente decente (una práctica intimidatoria hacia un electrodoméstico, como mínimo curiosa, ¿no?)… ¿Puedes creerlo?
Raquel siempre, antes de hacer los deberes, bueno, después de hacerlos, bueno, siempre veía dicha serie y dirás: ¿qué tiene esto de especial? Pues en sí mismo no mucha cosa, pero si habéis vivido cierto tiempo, no sé, más de 30 años, porque antes puede que hayas vivido, pero tu cabeza es un suflé de hormonas que dificultan el riego y con ello el funcionamiento normal de tus neuronas.
Ya me voy… espera… a ver… Lo que quiero decir es que las cosas más sencillas y sin importancia, aparentemente inconexas, no en pocas ocasiones dan paso a grandes historias, como piezas de puzzle que parecen no tener sentido dispersas y, al juntarlas, jamás las separarías, como palabras que encadenas y cobran sentido no por sí mismas, sino como conjunto.
Creo que esa fue la primera vez que hablaron, al menos mirándose a los ojos. Bajaba Raquel las escaleras en dirección al patio, charlando con Ainhoa de las aventuras de Marco con su pequeñito mono Amalio, Amelio, bueno, con el mono de los c… Cuando una voz débil se acercó a ellas por la espalda y dijo…
– ¿Quién es Marco? Y Amalio… ¿Bueno, Armenio?
– Amelio! —Espetó Ainhoa al bueno de Daniel, que llevaba una bata de color blanco con rayas grises, abrochada únicamente por dos casi desprendidos botones.
– ¿No sabes quién es Marco? —¿Acaso no ves los dibujos? —Raquel fue algo más suave, quizá por compensar a Ainhoa, quizá porque su voz siempre sonaba suave.
– No, no la he visto nunca, ¿de qué va?
– En serio, pero en qué onda te mueves… —No, no dijo eso ni por asomo. —¿De verdad? Pues es muy chula, es la historia de un niño pequeño que viaja por el mundo buscando a su madre…
Ainhoa empezó a explicar la serie, pasando de la sorpresa más mayúscula a la normalidad total, como solo puede hacer un niño. Bajaron las escaleras, cruzaron el pasillo de punta a punta y se sentaron en un banco, mientras el resto de niños corría por todos los rincones del patio, detrás de pelotas, de sombras, perseguidos por otros niños o sencillamente poseídos por su energía irrefrenable, fomentada deliberadamente por un desayuno a base de tigretones, phoskitos, panteras rosas o cualquier sinónimo de azúcar refinado. Daniel escuchaba muy atento y algo acojonado el relato detallado y un poco inconexo de Ainhoa, mientras Raquel asentía a veces con cara de tristeza, otras sonriendo.
Por poco se me olvida lo más importante; solo tenían seis años, quizá siete, pero en las escaleras, cuando Daniel se acercó a Ainhoa y Raquel, todo empezó. —¿Quién es Marco? —preguntó Daniel. Raquel se giró y vio a Daniel, aquel tímido niño que se sentaba al fondo de la clase solo, que apenas hablaba con nadie y que parecía encerrado en sí mismo. Sus ojos eran azules, pequeños, tan tímidos con él; tenía el pelo rubio y los mofletes rosados con una sutil barba de 3 días; qué va, lo de la barba se me ha colado. El tiempo casi imperceptiblemente se detuvo una milésima de segundo, o quizá menos, cuando sus miradas se encontraron, y Raquel sorprendida sonrió.
Lo mejor de ser niño es tu capacidad para sentir cosas que en apariencia no existen y despreciar realidades absolutas… y en eso Daniel no era distinto… ¿Percatarse de la sonrisa de Raquel? ¿Sonrisa? Pero estamos de coña, puede que si esto fuera una película americana, Daniel hubiera muerto por la picada de una abeja mientras le regalaba un anillo que cambiaba de color cuando… —Pero vamos a ver —Raquel sonrió—. Sí, pero Daniel estaba en la parra y solo tuvo ojos para Ainhoa, que, aunque como narradora histórica valía un pimiento, tenía gracia relatando cosas. Así que esa fue la primera de muchas veces en las cuales Daniel o Raquel no coincidirían en el espacio-tiempo, algo básico, por no decir imprescindible, si pretendes descubrir/encontrar cualquier cosa de valor (que valga la pena).
Al igual que Marco con su madre o quizá de manera más exagerada, puesto que apenas les separaban unos metros, Daniel y Raquel no terminaban nunca de encontrarse. Es algo que puede parecer dramático, desesperante, ¿estúpido?… pero qué bello todo aquello que cuesta, qué satisfacción más grande beber después de horas caminando bajo el tórrido sol en medio del desierto, qué bonito encontrar un instante en una mirada después de cientos… ¡Tócate las p…! ¡Peloponesias! Esto es muy sencillo, nadie presta atención a todo aquello que se escapa al ensordecedor ruido de la razón; ¡menudo mundo de gilipollas nos ha tocado!. Menos mal que la vida, el destino, el horóscopo, el señor o Hare Krishnas persisten, hasta el agotamiento, en su empeño de ponernos señales, una detrás de otra, una y otra vez, hasta que leemos lo que tenemos en frente (un cartel con luces de neón que dice: ¡aquí, aquí, tontoelculo!) y superamos la fase de alerdamiento o mononeuronal para encontrar el sentido de nuestra vida. Si bien es cierto, mayormente, nuestra imbecilidad (o lo que otros denominan invidencia, capacidad de no ver) se prolonga hasta el fin de nuestros días y morimos cual hámster infartado tras correr sin descanso desde ningun lugar y hacia ninguna parte.
Pero volvamos a lo que, al menos de momento, realmente importa. Tras trescientos capítulos del amado Marco, Daniel alcanzó el nirvana, pues la paciencia que desarrolló escuchando a Ainhoa le llevó al estado superior del ser… Fuera bromas, para aquel último episodio de Marco, Raquel, Ainhoa y Daniel se convirtieron en amigos de verdad y para siempre o casi… Se cortaron la punta de su dedo pulgar, vestidos de scouts bajo la penumbra de una hoguera de montaña, compartiendo su sangre mientras pronunciaban: Amigos de juramento, amigos por todo el tiempo, amigos hasta el infinito, mientras se tostaban unas nubes pinchadas en un palo… No te lo habrás creído ni por un segundo, ¿verdad? Si bien es cierto, en unas colonias intentaron cocerse unas nubes de 5 pesetas y menuda mierda les quedó… Aquella amistad se formó sutilmente como cualquier cosa que perdura en el tiempo, como la creación misma del universo, con pocas palabras y muchos momentos.
Al día siguiente que terminara la serie de Marco, Raquel y Ainhoa lloraban en el patio, en una mezcla de felicidad (risas) y tristeza (lágrimas) muy comprensible en niños de esa edad… Daniel se acercó, las miró entre afligido y avergonzado… y con tímida voz dijo: – hola, “ñiñas”… hoy tengo donettes para desayunar… mi madre estaba trabajando, así que he ido al colmado… son nevados… ¿Queréis? – Compartir unos donetes de manera voluntaria en los ochenta sería como prestarle tu iPhone a un desconocido en el metro en la actualidad. Ainhoa y Raquel dejaron de llorar y Daniel apenas se comió uno. Sí, siete años tenía Daniel cuando ya compraba su propio desayuno, iba al cole solo y se encargaba de muchas otras cosas demasiado grandes para alguien tan pequeño.
Daniel jamás aprendió la canción de Marco, ni tan siquiera el estribillo, por más que Ainhoa y Raquel la cantaban al unísono con más coordinación y precisión que los mismísimos Niños cantores de Viena, a los que les cortan los flequillos con una olla para que conservaran la voz; hoy en día ya no se hace por la crueldad de los peinados.
Y así como jamás aprendió la dichosa canción, tampoco sintió ninguna necesidad o curiosidad de ver la serie, quizá porque nunca llegaba a casa a tiempo de verla, pero la verdad, y para ser honesto, estoy prácticamente seguro de que Daniel jamás escuchó (en profundidad) ni una sola de las palabras del relato de Ainhoa, con discretas aportaciones de Raquel.
Entre las 3000 frases seguidas, sin comas ni puntos, que Ainhoa era capaz de decir sin apenas inspirar, Daniel solo buscó/encontró un preciso sentimiento de compañia, tranquilidad, aislandose de todo lo que le perturbaba, de todo aquello que la vida te presta demasiado pronto para entender o aguantar. Digo presta, porque la vida nunca da nada, solo presta, otorga de manera temporal, a veces por un tiempo suficiente, otras por un tiempo escaso, e incluso en ocasiones por encima de lo que deseas/puedes soportar.
Lo sé porque los botones de la bata de Daniel eran el reflejo de su diminuta vida y su insignificante mundo: sus botones que ya no estaban, su desatendido (no)peinado, sus sencillas bambas de suela despegada, cuero rasgado y anudadas por conrdones deshilachados, su desnutrido no almuerzo.
Los niños corrían alrededor de los tres amigos como si no existieran, los profesores se reían jactándose de sus vacaciones de tres meses, el cielo se preparaba para empezar a llover. Detrás de las vallas del cole, los coches se peleaban por adelantarse, un camionero descargaba cajas de Letona sobre una carretilla metálica desconchada de color verde y una abuelita de cabellos blancos y zapatillas rosas se miraba la escena de los donetes con una sonrisa. Apoyada en su bastón, con la cara apenas separada unos centímetros de la reja metálica, posaba su atenta mirada en aquella delgada chica de movimientos suaves y sonrisa tímida… Raquel fijaba nuevamente a Daniel sin que sus ojos se cruzaran; por aquel entonces, Daniel ya era de esas personas tan previsibles como una tormenta de verano y con una capacidad de prestar atención tan poco probable como un vuelo de Ryanair espacioso.
Así que Raquel creció buscando los ojos de Daniel cuando él no la miraba y Daniel sin darse cuenta de que su ángel se sentaba tan solo a tres líneas de pupitres de él, unos 6 metros, 4 escasos segundos… cada día durante años, en silencio, sin cartas secretas, sin peticiones de bailes, sin primer McDonald, sin cutres 14 de febrero, sin tan siquiera cogerse de la mano en una excursión, ni conejito de la suerte…
Pero lo importante es: ¿qué pasó con Marco? ¿Encontró a su madre? ¿Vivía en Ceuta o en Argentina?
Marco, que vivía en Italia, frente a la Fontana de Trevis, un día dejó de recibir la paga de su madre, 5 duros de los de entonces. Desesperado, decide partir hacia Melilla a buscarla. Tras un arduo viaje llegó a la ciudad donde residía su madre, Ceuta, y allí la encuentra enferma, con la gripe Z, una gripe derivada de la panceta de cerdo y que asolaba las colonias del Imperio. Por suerte, Marco llegó a tiempo y su madre se recuperó milagrosamente al verlo tan bollito y redondito.
En tres episodios, después del reencuentro con su hijo, Anna Rossi, la madre, pasa de estar descartada a bailar jotas recorriendo las principales capitales de Europa. Es tal la alegría que la embriaga que llega incluso a olvidarse de Marco en una estación de servicio mientras repostaba gasolina en un coche diésel que más tarde la dejaría tirada en el peaje de Sitges; bueno, un drama sin fin.
—
Llovía fuertemente y Ainhoa corría hacia la estación intentando permanecer el menor tiempo posible bajo el manto de agua. Odiaba los días lluviosos en todos sus contextos y posibles situaciones, sin excepción.
Daniel daba vueltas al mail que intentaba escribir desde hacía un buen rato; ni tan siquiera había empezado la primera frase; las manos le temblaban. Bajo la luz de su flexo, mientras las gotas impactaban sobre los cristales de su ventana y el ordenador entraba en hibernación, Daniel era incapaz de reaccionar, ni tan siquiera para pulsar una tecla y evitar que el ordenador entrara en hibernación. Finalmente se decidió, pulsó enviar tras 12 escuetas palabras y apagó el PC.
El tiempo transcurre incluso cuando escuchas algo interesante, incluso cuando estás con las personas que amas, de la misma manera que transcurre cuando algo te duele, o no encuentras aire para recuperarte, ¿o quizá no? O quizá el tiempo sea como una goma capaz de estirarse y encogerse a virtud de unas manos juguetonas. Quién sabe; en cualquier caso, el tiempo a Daniel se le había echado encima; todo tiempo tiene fin y, por más que estires la goma, esta termina encogiéndose (volviendo a su estado original) o partiéndose irremediablemente
La puerta del piso se abrió y Daniel se puso rápida y nerviosamente de pie… la pantalla del ordenador se apagó. No era el momento, todavía no estaba preparado, necesitaba pensar cómo hacer las cosas. Buscó el móvil con la mano derecha sobre la mesa, pensó: ¿Y si hago ver que estoy hablando antes de que entre en la habitación? Pero cuando las cosas deciden precipitarse inevitablemente, sencillamente te conviertes en un títere, sujeto a los hilos de tus zonas oscuras, de tus vísceras, de todo aquello que está alejado de ti, de tu corazón, hilos sujetos por las manos de lo instintivo, de la no reflexión… Daniel titubeó, pero solo por un segundo; su mano paró al encontrar el móvil, pero no lo cogió. Raquel entró en la habitación:
– Tengo que hablar contigo. —Sí, la fatídica frase. Con las manos sudorosas, un repentino llanto contenido que le anudaba la garganta y una impaciencia digna de un niño la noche de Reyes.
– Hola, Daniel. —Raquel fue fría, muy fría, aunque no entendió por qué. Raquel relucía en los ojos de Daniel, frente a la luz tenue del flexo y el gris que entraba desde la ventana de la habitación.
– Hay algo que debo explicarte… Pero no sé por dónde empezar. —Un consejo, muchas veces es complejo empezar a explicar algo cuando las ideas golpean nuestro estómago, cuando somos incapaces de calcular las consecuencias de nuestras palabras, pero aun así necesitamos decirlas, cuando las manos nos sudan frías… Por el principio, por el principio sin más.
– Daniel, empieza por el principio, tenemos todo el tiempo que quieras o pueda. —Para aquel entonces, en apenas un minuto Raquel entendió que su vida terminaba por completo, de un plumazo, nada que no hayamos experimentado cualquiera de nosotros en algunas ocasiones. Sencillo, con dramas, con dolor, un profundo dolor, un pozo oscuro y profundo de dolor.
– —Qué fácil suena —dijo Daniel con la voz cortada—. Todo suena fácil contigo. —Completamente mentira, Raquel era tan complicada como cualquiera de nosotros, pero el amor hace decir esas cosas cuando sabes que algo no va a salir bien. —No quiero hacerte daño… sabes que tú eres… Tienes que irte, no puedo más, necesito mi tiempo, necesito correr y alejarme de aquí, de ti, de todo.
– Daniel, hazlo, cariño, haz que pare el tiempo… igual… otra vez… no dejes que me marche. —Raquel se vio reflejada en las pupilas de Daniel, de aquel Daniel, del Daniel de hace mucho, mucho tiempo. Se le quebró la voz, las palabras se le agarraron a la garganta, le faltaba el aire y sus pequeñas manos no paraban de moverse, jugueteando entre ellas, intentando disimular el temblor incontrolable de sus dedos. Daniel llevaba puesta una camisa azul suave, con todos los botones y planchada como una hoja de lienzo; tenía las manos en los bolsillos del tejano y respiraba con calma. Era evidente que Daniel era el hombre de su vida y, a pesar de eso o precisamente por eso, estaba a punto de perderlo para siempre. Cómo podía salir de aquel atolladero, pensó Raquel. ¿Dónde estará ahora Ainhoa para rellenar estas angustiosas pausas de silencio mientras pensaba algo para ganar tiempo?
Es curioso cómo gira vertiginosamente y de manera radical la vida, una situación, el tiempo, una charla, una esquina, o estar de pie en una silla manteniendo el equilibrio de manera controlada. Todo es tan sutil, tan ligero, tan efímero; los cambios son tan instantáneos que parece profundamente estúpido perder el tiempo preocupándose mucho por nada.
Daniel se había levantado aquella mañana, se había duchado, se había lavado los dientes, se había tomado un café con leche y un poco de prisa y, corriendo, casi sin tiempo para nada, salvo para besar la frente de una dormida Raquel, se había marchado al trabajo. Diez horas después de despertarse, nada volvería a ser lo mismo… ni su ducha, ni el café… ni siquiera la prisa que lo atosigaba todas las mañanas de sus días.
Daniel estaba aterrado y cada vez más indeciso a decir lo que había estado meditando durante días, teniendo en cuenta que aquel daño que le haría a Raquel le produciría un dolor prácticamente irreversible. Él no quería bajo ningún concepto destrozarla, pero… ¿Qué le quedaba hacer? ¿Qué más podía hacer? Los ojos de Daniel se nublaron por las lágrimas que intentaba contener; inspiró buscando la calma y los cerró.
Continuara…

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